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Intolerancia a la lactosa. Y a algo más…

Intolerancia a la lactosa. Y a algo más…
El médico tras la verdad

Cuando en el mercado apareció la leche sin lactosa, surgieron varios interrogantes en mi interior. El primero fue conocer de qué manera podían quitar la lactosa a la leche y que siguiera siendo leche. La lactosa es un disacárido (o sea, dos moléculas de monosacáridos llamados glucosa y galactosa) y supone el 5 a 9% de la leche, según sea de vaca o humana. Pues la sorpresa era que no se le quitaba nada: se le añadía la enzima que separa los dos monosacáridos. O sea, que más que leche sin lactosa, creo yo que debería llamarse leche con lactosa hidrolizada.

Estas leches «sin lactosa» lo único que vienen a paliar es la falta en el intestino de algunas personas de lactasa endógena, la enzima que lleva a cabo el proceso de ruptura del disacárido en conflicto. La segunda cuestión que me empezó a llamar la atención cuando irrumpieron estas leches fue la cantidad de estudios que avisaban de que la intolerancia a la lactosa es muy frecuente en la población general. Es más, si los estudios se hacen sobre poblaciones de países diferentes, la intolerancia a la lactosa puede ser mayor del 90% en algunas regiones. En España se estima que alrededor del 40% de los adultos tiene intolerancia a la lactosa, entendiendo por tal algún tipo de deficiencia de lactasas intestinales. La frecuencia de la intolerancia a la lactosa aumenta con la edad y se diría que con el tiempo se van perdiendo lactasas intestinales y, por tanto, no hacemos más intolerantes a la leche y derivados.

Esto de ser «intolerante» tiene su miga: quiere decir que los grados de intolerancia son variables. Algunas personas empiezan a mostrar síntomas de intolerancia con poca carga de lactosa y otras lo hacen cuando la carga es mayor. Y ¿cuáles son esos síntomas? Generalmente el paciente con intolerancia a la lactosa se queja de que la ingesta de lácteos le provoca flatulencia, distensión abdominal, ruidos de tripa, diarrea, dolor abdominal,… Pero estos síntomas también pueden provocarlo otras causas. Por ejemplo, la menos conocida pero no menos frecuente intolerancia a la fructosa, otro monosacárido presente en la fruta pero también en la miel o en otros alimentos. O incluso un cuadro de sobrecrecimiento bacteriano en el intestino puede provocar esta sintomatología. No obstante, la mayoría de los pacientes que aquejan esta sintomatología solemos decir que tienen un «síndrome de intestino irritable (SII)». Si de todos los pacientes que diagnosticamos de SII sacásemos a los que tienen intolerancia a la lactosa o a la fructosa o los que tienen sobrecrecimiento bacteriano… a lo mejor nos quedábamos con apenas un 15%, que seguiríamos teniendo en ese cajón de sastre para cuando descubramos lo que realmente tienen o les cae mal.

Vista la estadística de afectación en España, alrededor de la mitad de los adultos padece algún grado de intolerancia a la lactosa. Algún grado, volvemos a insistir, no quiere decir que les caiga mal un vaso de leche pero a lo mejor dos sí. Muchas gente con esta sospecha mejora de su sintomatología al cambiar a leche sin lactosa. Otros intolerantes a la lactosa prefieren seguir tomando la leche normal (o los postres lácteos) añadiendo en su dieta suplementos de lactasas intestinales (que también los hay, no van a estar sólo disponibles para convertir la leche normal en leche «sin lactosa»).

En ocasiones la intolerancia a la lactosa acontece no de modo gradual sino bruscamente, generalmente tras un cuadro de gastroenteritis aguda (bacteriana o vírica) que según se cree altera de forma importante la maquinaria enzimática de la luz intestinal destruyendo de manera total o parcial, temporal o definitiva, las lactasas intestinales. A veces, sí, la intolerancia a la lactosa es pasajera, transitoria, pero parece que el tiempo juega a favor de ir perdiendo la capacidad de digestión de este disacárido. Y llegar a la vejez disfrutando de un vaso de leche puede ser cosa de privilegiados.

Como sucede siempre en los debates, también hay quien defiende posturas radicales y sostiene que la leche y los lácteos son poco menos que venenosos para el ser humano. Algunos consideran que eso de mamar es propio de animales inferiores y que nosotros somos mamíferos por accidente, residuales… A mí como gastroenterólogo y amante de la leche (a mis 45 años creo que todavía no soy intolerante a algo más de medio litro al día) me cuesta creer que la leche sea perjudicial para el desarrollo humano, que favorezca las alergias o las infecciones y otras cosas que se escuchan en determinados foros. Foros que solventan el innegable aporte de calcio de los lácteos con suplementos en pastillas para prevenir la osteoporosis. Comprendo, porque los veo en consulta a diario, que haya personas a quienes los lácteos no les caen bien. Pero igual que otros no les sienta bien el vino o a quienes los pimientos nos repiten.

Algún día hablaremos de venenos. Y de intolerancia…

La publicación de este contenido ha sido autorizado expresamente por Dr Luis Benito de Benito.
Fuente: http://elmedicotraslaverdad.blogspot.com/

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